En pleno siglo XXI, la tecnología se establece como un derecho esencial para ejercer la ciudadanía, acceder a educación, salud, empleo y servicios públicos. El problema radica en la existencia de brechas digitales estructurales en Chile, que amenaza la cohesión social y la igualdad de oportunidades.

A pesar de que el país registra niveles globales de penetración de Internet comparables a países desarrollados (con 94,5% de la población conectada a Internet a fines de 2025), todavía más de 1,10 millones de personas permanecen “offline” y sin acceso regular a redes digitales. Este dato revela que la conectividad aún no es universal ni equitativa, y refleja desigualdades geográficas, socioeconómicas y generacionales que requieren atención inmediata de políticas públicas y esfuerzos concertados de todos los actores sociales.
La brecha digital en Chile no solo se mide por el acceso físico a Internet, sino también por el uso significativo y la calidad de esa conexión, así como por las competencias digitales para participar eficazmente en la economía moderno-digital.

Por ejemplo, la infraestructura de internet fijo, que es crucial, por ejemplo, para educación a distancia, telemedicina y teletrabajo estable, cubre poco más del 68% de los hogares, dejando atrás a comunidades rurales y a sectores de menores ingresos que dependen exclusivamente de conexiones móviles o que carecen de acceso continuo.
Este fenómeno va más allá de simple desafío tecnológico. El punto está en que es un problema de justicia social y derechos humanos. La falta de conectividad real y de habilidades digitales seguras limita el acceso a oportunidades educativas, restringe la participación en procesos laborales de mayor valor agregado y profundiza las desigualdades existentes. Las brechas digitales afectan de forma desproporcionada a comunidades rurales, personas mayores, grupos de bajos ingresos y estudiantes con menor acceso a dispositivos y competencias tecnológicas.

Avanzar hacia la equidad digital es una política pública ineludible que Chile debe priorizar si aspira a un desarrollo inclusivo y sostenible. Esto implica:
- Universalizar el acceso con calidad garantizada, mediante inversiones públicas y alianzas público-privadas que reduzcan las brechas territoriales en conectividad fija y móvil.
- Fortalecer programas de alfabetización digital para asegurar que todas las personas, independientemente de su edad o condición socioeconómica, puedan utilizar tecnologías de forma efectiva y segura.
- Incorporar la conectividad como un derecho fundamental, asegurando que la provisión de servicios digitales básicos y habilidades asociadas no queden al arbitrio del mercado, sino que sean parte del diseño de políticas sociales integrales.

Chile no puede seguir normalizando la desigualdad digital como si fuese una consecuencia natural del progreso tecnológico, destaca la ACTI:.
"El desafío por delante es técnico, social, educativo y ético. Solo con una visión de justicia social y voluntad política se podrá garantizar que la tecnología deje de ser un privilegio y se convierta en una herramienta de igualdad real para todas y todos".





