La decisión de Tesla de finalizar la producción de los Model S y Model X no es simplemente un retiro de producto, sino una reasignación agresiva de activos críticos. La compañía ha optado por desmantelar las líneas de montaje de su segmento premium para volcar esa capacidad industrial en su apuesta más ambiciosa y arriesgada: la robótica humanoide a escala masiva.

Reingeniería industrial: de sedanes de lujo a fuerza laboral sintética
La histórica planta de Fremont sufrirá una transformación radical para dejar de producir automóviles y convertirse en el centro neurálgico del robot Optimus. La alta dirección estima que la fabricación de estos androides, con un objetivo de un millón de unidades anuales, ofrece un potencial de crecimiento exponencial que los maduros pero declinantes modelos de lujo ya no pueden garantizar.

Este pivote estratégico responde a una realidad financiera ineludible donde los ingresos por hardware tradicional han comenzado a estancarse. Al sacrificar sus íconos fundacionales, Tesla fuerza a los inversores a valorarla ya no como una automotriz, sino como una corporación de “inteligencia artificial física” pura.
Elon Musk, CEO de Tesla, justificó este movimiento ante los accionistas durante la presentación de resultados, enmarcando la descontinuación de estos vehículos como el paso definitivo e irreversible hacia una nueva identidad corporativa.
"Es hora de llevar básicamente los programas Model S y X a su fin con una baja honorable, porque realmente nos estamos moviendo hacia un futuro que se basa en la autonomía".


Autos eléctricos de TESLA el Model S y X | Créditos: TESLA
El riesgo de la transición tecnológica
Para el C-Suite, la lectura es clara: la empresa está quemando sus naves para asegurar que no haya vuelta atrás en su enfoque hacia la autonomía. Aunque se mantendrá el soporte para la flota existente, la eliminación de la oferta de alta gama deja un vacío comercial inmediato que solo podrá ser llenado si la promesa de la robótica y los robotaxis se materializa a corto plazo.

