Cualquiera que haya contratado un software en Chile conoce una frase: “vamos en un 80%”. La escuchó hace seis meses y la sigue escuchando. Entre quien construye y quien paga se abre una distancia incómoda, porque el cliente no tiene cómo saber si el proyecto avanza, si se detuvo, o si lo que se construye todavía es lo que pidió. No avanza a oscuras por mala fe; avanza a oscuras porque nadie le encendió la luz.
Esa misma oscuridad acaba de llegar, más rápido, de la mano de la inteligencia artificial. Las empresas la incorporan con grandes expectativas y reciben desorden: una herramienta que olvida el contexto, que a veces hace lo que no debía, y cuyo trabajo nadie logra auditar después. Gartner proyecta que más del 40% de los proyectos de inteligencia artificial con agentes se cancelará antes de fines de 2027, por costos crecientes, valor poco claro y controles de riesgo inadecuados;1 y S&P Global constató que el 42% de las empresas ya abandonó la mayoría de sus iniciativas de inteligencia artificial, frente a un 17% el año anterior.2
Pero hay un desperdicio más profundo, y más antiguo, que la prisa por la inteligencia artificial vuelve a dejar de lado. Los ejecutivos declaran que el conocimiento es el principal factor de éxito de sus empresas y, sin embargo, aprovechan apenas una fracción del que ya tienen. En la obra de referencia sobre la materia se recoge una cifra reveladora: preguntados por cuánto del conocimiento de sus compañías se utiliza, la respuesta típica ronda el 20%.3 El otro 80% se pierde: vive en la cabeza de alguien que se va, en una conversación que se cierra, en un archivo que nadie vuelve a encontrar.
Ahí está la verdadera oportunidad de la inteligencia artificial, y no es hacer lo mismo de siempre más rápido: es ayudar, por fin, a ordenar y aprovechar ese conocimiento. Pero solo si se la gobierna. La disciplina que enseña a hacerlo, la ingeniería y gestión del conocimiento, existe hace décadas; su principio es claro: primero modelar la estructura conceptual del conocimiento y dejar los detalles de programación para después,4 y la máquina nunca es la responsable. La ola actual, en su apuro, olvidó esa prudencia.
Lo aprendí respondiendo ante clientes, no en un aula. En mi empresa construimos un sistema para ordenar el trabajo conjunto de profesionales y máquinas, y para que el conocimiento de cada proyecto no se pierda cuando una persona se va o una conversación se cierra. Lo primero que hicimos fue aplicarnos nuestra propia medicina: una auditoría interna sobre 48 tareas dadas por terminadas acreditó solo 15. Las otras 33 eran un “listo” sin respaldo. La conclusión fue dura: dar algo por hecho sin evidencia es una mentira que uno se cuenta a sí mismo, y con una máquina de por medio esa mentira se multiplica.
No escribo esto para vender un sistema, sino para proponer una vara. Si usted va a contratar desarrollo de software, o a incorporar inteligencia artificial en su empresa, exija tres cosas que pueda comprobar, no que le prometan: que pueda ver el estado real cualquier día; que haya una persona con nombre responsable de cada decisión que importa; y que cada entrega, y cada cosa que su empresa aprende en el camino, quede registrada en un lugar que usted pueda abrir mañana.
La pregunta, entonces, no es si la inteligencia artificial hará su software más rápido. Es si lo ayudará a ver sus proyectos, a conservar lo que su empresa sabe y a confiar en lo que recibe. Eso sí se puede gobernar, y ahí está lo que de verdad vale.
Christians Espinoza R. es fundador de CER Servicios. No es programador: viene del lado del negocio, el de quien responde ante el cliente.