Cable chino y soberanía tecnológica: Una decisión estratégica para el país, por José Lagos, Docente UEjecutivos, Facultad de Economía y Negocios, Universidad de Chile
Por José Lagos, Docente UEjecutivos, Facultad de Economía y Negocios, Universidad de Chile.

Cable chino y soberanía tecnológica: Una decisión estratégica para el país, por José Lagos, Docente UEjecutivos, Facultad de Economía y Negocios, Universidad de Chile

El reciente intercambio público entre el embajador de Estados Unidos en Chile, Brandon Judd, y el gobierno del presidente Gabriel Boric, a propósito de advertencias sobre eventuales hackeos y posteriores sanciones, difícilmente puede leerse como un episodio meramente diplomático.

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Chile tiene la oportunidad de consolidarse como hub digital regional, pero ese liderazgo dependerá de su capacidad para crecer con coherencia, asegurando que la ambición digital no supere la resiliencia del sistema que la sostiene.

Más allá de las versiones contrapuestas, el caso abre una discusión más profunda: la vulnerabilidad estructural de Chile en materia tecnológica y el alcance real de su soberanía digital.

Durante años la ciberseguridad fue considerada un asunto técnico, propio de especialistas en sistemas y expertos en TI. Sin embargo, la digitalización acelerada de la economía cambió esa lógica. Hoy las redes digitales sostienen el sistema financiero, las telecomunicaciones, la logística y los servicios públicos. En consecuencia, un incidente relevante no solo compromete datos, sino que puede afectar la continuidad operacional, resiliencia, reputación corporativa y estabilidad institucional.

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El próximo capítulo de la IA estará marcado por la inteligencia aplicada a los datos y por empresas que comprendan que el cumplimiento normativo puede convertirse en una ventaja competitiva sostenible.

Por eso, la ciberseguridad dejó de ser una cuestión informática para convertirse en un asunto estratégico, aspecto que se debe leer más allá del tema tecnológico, y que incorpora una dimensión social, económica, legal y política. En ese contexto, cualquier advertencia sobre vulneraciones, proveniente de actores locales o internacionales, adquiere inevitablemente una dimensión política.

La economía chilena es abierta y está profundamente integrada a los flujos globales de capital y tecnología. Esa integración ha sido clave para su desarrollo, pero en el ámbito digital también implica dependencia, concretamente, gran parte de la infraestructura tecnológica crítica como: servicios en la nube, software, equipamiento de telecomunicaciones y soluciones de ciberdefensa es diseñada y operada por actores globales. El país consume tecnología avanzada, pero tiene capacidad limitada de producción estratégica propia. Esta asimetría se vuelve sensible en un escenario internacional marcado por la competencia tecnológica entre potencias.

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Las prioridades para las organizaciones este 2026 son claras: invertir en alfabetización en IA y en habilidades para su uso seguro, e integrar mecanismos de gobernanza y validación, sin crear nuevos puntos únicos de falla.

Cuando Estados Unidos expresa preocupación por vulnerabilidades digitales en Chile, el debate no se restringe al plano técnico, se cruza con estándares tecnológicos, alianzas estratégicas y posicionamiento internacional. La infraestructura digital como cables submarinos, centros de datos y redes críticas. se ha transformado en activo geopolítico.

Para el sector privado, los riesgos son concretos y se relacionan con pérdidas financieras, interrupciones operativas y potenciales sanciones regulatorias, pero existe un factor adicional: la percepción de vulnerabilidad. En un entorno donde inversionistas evalúan cada vez más la resiliencia institucional y tecnológica, la seguridad digital incide en la confianza, y la confianza es un activo económico. Si los incidentes digitales escalan al plano diplomático, el impacto puede trascender lo operativo y proyectarse sobre el clima de negocios.

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Impulsar vocaciones científicas en niñas y jóvenes no solo contribuye a reducir brechas históricas, sino que también fortalece el desarrollo del conocimiento, la innovación y el progreso del país.

Hablar de soberanía tecnológica no supone aislamiento ni repliegue, tampoco significa prescindir de cooperación internacional. Implica ampliar el margen de decisión y reducir vulnerabilidades estructurales. En términos prácticos, supone diversificar proveedores críticos, fortalecer capacidades locales en ciberseguridad, invertir en capital humano especializado e integrar la política digital con política exterior y económica. La soberanía tecnológica no es autosuficiencia total, sino capacidad de elegir sin quedar expuesto a presiones desproporcionadas.

El reciente impasse bilateral puede resolverse por los canales diplomáticos habituales, pero el episodio deja una señal clara: en la economía digital, la infraestructura tecnológica define parte sustantiva del espacio de decisión de los estados. En el siglo XX, la soberanía se asociaba a territorio y recursos naturales, en el siglo XXI también se mide en servidores, redes y estándares tecnológicos.

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La pregunta no es si Chile debe integrarse al ecosistema digital global, eso es inevitable, la pregunta es con qué grado de autonomía estratégica quiere hacerlo.

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