En estos últimos años el desafío de “brecha digital cero al 2025” ha permitido acelerar proyectos y poner el tema en el centro de la agenda. Sin embargo, al mirar los datos recientes, el cuadro es más matizado: existe una brecha de más del 32% en acceso fijo, concentrada en gran medida en sectores rurales y vulnerables.

Si ampliamos la mirada a cualquier tipo de acceso a internet (fijo, móvil o satelital), la cobertura declarada es superior al 90%, pero eso esconde diferencias muy importantes en calidad, estabilidad, velocidad y asequibilidad del servicio. Esto confirma que aún existen desafíos en temas de infraestructura y de calidad de la experiencia digital.
El Estudio de Rentas de Suelo para Infraestructura Digital, elaborado por G&A Consultores para IDICAM, entrega datos interesantes y reveladores respecto al despliegue: en Chile, el arriendo del suelo puede representar hasta 45% del costo operativo de un sitio móvil en zonas monopólicas, muy por encima del estándar eficiente estimado en torno al 15%. En algunos contratos, las rentas superan en más de 400% el promedio comunal, sin responder a mayores costos productivos ni a valor inmobiliario real.

Este fenómeno no es anecdótico. Es el resultado de un diseño institucional fragmentado, donde restricciones regulatorias, demoras en permisos y criterios municipales dispares reducen artificialmente la oferta de suelo apto.
El desarrollo digital —redes móviles, 5G, data centers— requiere coordinación entre múltiples organismos, decisiones simultáneas y tiempos compatibles con la velocidad tecnológica. Cuando esa coordinación falla, la regulación no solo retrasa proyectos: crea rentas improductivas que encarecen todo el sistema.
Lo que falta es una verdadera “orquestación” del desarrollo digital: una gobernanza capaz de alinear la política de espectro, la regulación de infraestructura, la planificación territorial, las finanzas municipales y los objetivos de equidad territorial y social. Sin esa mirada sistémica, corremos el riesgo de tener leyes bien intencionadas, pero resultados decepcionantes.

Desde la academia creemos relevante la discusión de presente y futuro, con evidencia, modelos y escenarios que permitan hacerse preguntas incómodas pero necesarias.


