Hablar de equidad en salud va más allá de contar hospitales o médicos por habitante.
En Chile, con las diferencias territoriales que tenemos, donde cerca del 80% de la población se atiende en el sistema público (Encuesta Casen 2024), el acceso real a la atención depende cada vez más de que el sistema integre información clínica y acompañe a las personas en toda la red. Cuando los sistemas no se hablan entre sí, las brechas no solo se mantienen: se agravan.

Ya más del 50% de los servicios de salud intercambian información de forma interoperable, pero en regiones apartadas sigue siendo común encontrar historiales fragmentados, pacientes que repiten exámenes porque los resultados no aparecen o derivaciones que se atrasan porque falta información.
Esto pasa todo el tiempo en zonas rurales y regiones extremas. La fragmentación de los sistemas convierte la distancia geográfica en otra barrera más para acceder a la salud.

Este problema está presente en la Estrategia Nacional de Salud 2021-2030, que identifica las inequidades territoriales en el acceso, especialmente en zonas rurales, asociadas a la fragmentación del sistema y a las dificultades para coordinar entre niveles de atención.
Y estas brechas pegan más fuerte a personas con enfermedades crónicas o condiciones complejas, que necesitan seguimiento sostenido.

Acá la interoperabilidad toma sentido concreto. No se trata solo de digitalizar, sino de que los datos clínicos viajen con la persona a lo largo de su recorrido por el sistema, sin importar dónde se atienda o en qué nivel. Sin esa continuidad de información, hablar de equidad se vuelve difícil, aunque haya recursos disponibles.
La interoperabilidad cobra aquí un sentido concreto. No se trata únicamente de digitalizar procesos, sino de asegurar que los datos clínicos acompañen a las personas a lo largo de su recorrido por el sistema de salud, independientemente del establecimiento, la región o el nivel de atención en el que se encuentren.

Sin esa continuidad informacional, la equidad se vuelve un objetivo difícil de materializar, incluso cuando existen recursos clínicos disponibles.
El Banco Mundial, en su informe "Digital-in-Health: Unlocking the Value for Everyone", advierte que la fragmentación de los sistemas de información profundiza las desigualdades en acceso y continuidad de atención.
Estas fallas afectan mucho más a poblaciones rurales y remotas, lo que convierte a la interoperabilidad en una condición estructural para mejorar equidad, eficiencia y calidad, sobre todo en países con dispersión territorial como el nuestro.

La interoperabilidad es una decisión de política pública sanitaria, no solo tecnología. Requiere gobernanza clara, estándares compartidos, inversión sostenida y que los equipos clínicos la usen de verdad en el día a día. La buena noticia es que la tecnología existe.
Lo que viene ahora es implementarla con foco en resolver problemas concretos de acceso y continuidad para quienes más lo necesitan.




