Chile no solo adoptó la IA, la integró con una intensidad sorprendente. Según datos de uso de Claude entregados por Anthropic, el país tiene un uso 84% superior al esperable para su población en edad de trabajar, ubicándose entre los 35 países que más la usan en el mundo y, en América Latina, solo detrás de Uruguay, de acuerdo con una revisión de Hermann Consultores.
Ese dato, sin embargo, refleja el uso individual de la herramienta. Cuando se observa lo que ocurre dentro de las empresas, el panorama es otro. Según la segunda edición del estudio SONDA Tech Trends, el uso de IA en las empresas chilenas pasó de una minoría marginal de 16% de uso activo hace un año, a un 88% que hoy declara algún grado de interacción con estas herramientas. Sin embargo, un 53% de las organizaciones solo cuenta con lineamientos generales sobre su utilización y un 8% todavía no sabe cómo abordarla. Es decir, la adopción avanza más rápido que la capacidad de gobernarla y protegerla.
Esa brecha entre la velocidad de adopción individual y la madurez de la gobernanza empresarial representa un riesgo a ser mitigado. Cada vez que un colaborador ingresa información corporativa en una herramienta de IA, conecta un asistente a documentos o aplicaciones, o incorpora un agente capaz de ejecutar acciones sobre sistemas internos, aparece una nueva superficie de ataque.
Check Point Research identificó durante agosto de 2026 que, en América Latina, aproximadamente uno de cada 29 prompts enviados a herramientas de IA generativa desde entornos empresariales presentaba alto riesgo de exposición de información sensible. Es una señal relevante, la IA no solo introduce nuevas capacidades, sino también nuevas formas de fuga de información, accesos indebidos y pérdida de control sobre los datos.
Podría pensarse que esto lo exageran consultoras y proveedores interesados en vender soluciones. Pero la señal más contundente es que las propias compañías que desarrollan inteligencia artificial hayan advertido públicamente sobre el riesgo. En agosto, más de cien compañías, entre ellas OpenAI, Anthropic, Microsoft y Alphabet, firmaron una carta abierta advirtiendo una ola de ciberataques con IA, con riesgos para sectores como salud, infraestructura crítica, agua e internet.
Frente a este escenario, la respuesta correcta no es frenar la utilización de IA, sino usarla bajo estándares que contribuyan a disminuir vulnerabilidades y a mejorar las medidas de protección.
Desde SONDA creemos que las organizaciones deben enfrentar esta nueva realidad en tres frentes. El primero es controlar y proteger el uso de IA dentro de la propia organización. Ya no basta con definir qué herramientas están autorizadas. Es necesario saber qué modelos y agentes se utilizan, qué información procesan, a qué sistemas acceden y qué acciones pueden ejecutar. Esto exige integrar la estrategia de IA con la protección de datos, identidades, accesos, aplicaciones y terceros, incorporando además riesgos propios de estas tecnologías, como fuga de información, manipulación de instrucciones o agentes operando con privilegios excesivos.
El segundo frente es fortalecer las defensas frente a ataques potenciados por IA. La inteligencia artificial no reemplaza al phishing, al ransomware, al robo de credenciales o al fraude, sino que los hace más rápidos, convincentes y escalables. La capacitación sigue siendo fundamental, pero ya no puede ser la única barrera. Las empresas deben asumir que una persona eventualmente puede ser engañada y diseñar su seguridad para que ese error no termine en compromiso, movimiento lateral, exfiltración de información o fraude. Esto implica reforzar identidades y accesos, y proteger datos, endpoints, correo, nube, aplicaciones y APIs.
El tercer frente es construir una defensa adaptativa y resiliente. Si los atacantes utilizan automatización e IA, defenderse solo con reglas estáticas y revisiones periódicas deja de ser suficiente. Las organizaciones necesitan monitoreo continuo, inteligencia de amenazas, detección basada en comportamiento, threat hunting y capacidades de respuesta automatizada. En este ámbito, la propia IA puede convertirse en una ventaja para los defensores, permitiendo a SOC y servicios MDR analizar grandes volúmenes de eventos, correlacionar señales y acelerar la investigación y respuesta. Y como ningún sistema puede garantizar una protección absoluta, la estrategia debe incorporar también resiliencia: contener el incidente, mantener las operaciones críticas y recuperar rápidamente sistemas e información.
Las personas atraviesan los tres frentes. SONDA Tech Trends identifica la falta de talento como una de las principales barreras para avanzar en inteligencia artificial, pero el desafío no consiste solo en contratar especialistas. También exige que quienes trabajan en tecnología, seguridad, riesgo y negocio comprendan qué decisiones pueden delegarse a la IA, cuáles requieren supervisión humana y cómo reconocer comportamientos inesperados antes de que se transformen en incidentes.
Chile ya demostró que puede adoptar nuevas tecnologías con rapidez. Ahora el desafío es protegerse a esa misma velocidad, porque la IA amplifica las capacidades de ambos lados: puede ayudar a un atacante a encontrar una vulnerabilidad antes que nosotros, pero también puede permitirnos descubrirla y corregirla primero.