La reciente adquisición de Telefónica Chile por parte de Millicom y NJJ no es un episodio aislado ni una simple operación corporativa. Es la expresión local de un proceso estructural que atraviesa a la industria de las telecomunicaciones en Latinoamérica y que obliga a replantear algunos supuestos tradicionales del debate regulatorio.

Durante años, la discusión se centró en el número de operadores que debía tener cada mercado. La premisa era clara, ya que más actores equivalía a mayor competencia. Pero esa lógica ha comenzado a perder vigencia frente a una realidad económica y tecnológica mucho más exigente. En mercados como México, Colombia o Argentina, hoy operan dos grandes actores con presencia nacional. Chile aún mantiene cuatro operadores, pero la evidencia regional sugiere una convergencia progresiva hacia tres, e incluso dos, en el mediano plazo. Finalmente, el mercado lo definirá, pero pareciera que en los últimos años el mercado está hablando fuerte. Más que el número, lo relevante es la intensidad competitiva.
La razón es estructural. Las telecomunicaciones son una industria intensiva en capital, con ciclos de inversión cada vez más exigentes. El despliegue de redes de fibra, 5G, data centers y sistemas de resiliencia requiere escala financiera, eficiencia operativa y capacidad de absorber riesgos. En este caso, la fragmentación excesiva puede terminar debilitando la inversión y afectando la calidad y continuidad del servicio.

Este criterio ha sido reconocido también en otras jurisdicciones. En Europa, las autoridades de competencia han validado procesos de consolidación considerando explícitamente que la escala es un factor determinante para la sostenibilidad económica del sector. No se trata de renunciar a la competencia, sino de asegurar que esta sea viable en el largo plazo.
El desafío regulatorio, entonces, no es impedir la consolidación, sino conducirla adecuadamente. Una consolidación bien regulada puede fortalecer la inversión, acelerar el desarrollo tecnológico y sostener la infraestructura digital que el país necesita. Persistir en esquemas pensados para mercados atomizados es desconocer una transformación que ya está en marcha.

La escala, hoy, no es una amenaza. Es una condición para la sostenibilidad de las telecomunicaciones y, con ello, para el desarrollo digital de Chile.


