El agotamiento es real. Los colaboradores que trabajan en ciberseguridad protegen los sistemas que permiten el funcionamiento de la vida moderna. Mediante jornadas que son largas, el sentido de la responsabilidad está más vigente que nunca.

Claramente, cuando hay un mal día y un ataque escapa a las protecciones todos lo notan, pero nadie se percata de los mejores días, cuando se detectan y neutralizan amenazas complejas.
Por ende, los fracasos son muy visibles, mientras que los éxitos son imperceptibles para los demás. Esto, sumado a la propensión profesional a considerar siempre los resultados negativos, la interacción constante con máquinas y pantallas, es una receta para una mala salud mental.

Marcar la diferencia y detener a los delincuentes implica dedicarse a la ciberseguridad a largo plazo. La experiencia se construye con cada nueva implementación y cada incidente resuelto. A veces, los peores incidentes son, en retrospectiva, las mejores experiencias de aprendizaje. La experiencia profesional se adquiere tras muchos años de esfuerzo.
Por ende, perder a un miembro del equipo por agotamiento o por no poder continuar una carrera en el sector es una tragedia personal y una pérdida de experiencia para toda la comunidad de la ciberseguridad.

Diversos factores contribuyen a la alta carga de estrés que sufren los equipos de ciberseguridad. Muchos de ellos, como la naturaleza y la frecuencia de los ataques, escapan al control. Otros, como la aprobación presupuestaria o la priorización adecuada de los proyectos, suelen parecer casi controlados antes de verse descontrolados.


