Cada acontecimiento importante en la sociedad tiene su repercusión directa en la evolución de la tecnología, impulsando nuevas investigaciones y el desarrollo de soluciones para reducir riesgos y mejorar el día a día de la población.

En estos días, a 25 años de aquel fatídico 11 de septiembre de 2001, esta lógica nos lleva inevitablemente a una pregunta: si las tecnologías que tenemos hoy hubieran existido en aquel entonces, ¿la historia podría haber sido diferente?
La pregunta hipotética es imposible de responder con absoluta certeza. Pero, ciertamente, ayuda a comprender cuánto hemos cambiado desde entonces, especialmente en la forma en que los gobiernos y las organizaciones utilizan la tecnología para conectar datos, proteger infraestructuras y responder a las crisis.

Si antes la información crítica estaba dispersa entre diferentes sistemas, organizaciones y bases de datos en estructuras que no se comunicaban entre sí, hoy la tecnología evoluciona en la dirección opuesta. Hemos dejado de lado los silos de información y la incapacidad técnica para que sistemas diferentes sean capaces de intercambiar datos, operar conjuntamente y adaptarse rápidamente a nuevas necesidades.
Este cambio no ocurrió de la noche a la mañana, ni puede atribuirse a un solo hecho. Pero el 11 de septiembre se convirtió en un hito para repensar cómo debían funcionar la información, la seguridad y la respuesta a emergencias. Lo que cambió no fue solo la velocidad de procesamiento, sino la arquitectura de la resiliencia.

Inteligencia compartida
Uno de los grandes aprendizajes de aquel período fue que tener información no es suficiente. Es necesario poder conectarla. El propio Informe Oficial de la Comisión del 11 de Septiembre mostró cómo las fallas en el intercambio de información entre diferentes organismos dificultaron la capacidad de identificar y conectar señales que, posteriormente, resultarían relevantes.
Desde entonces, los gobiernos de diferentes partes del mundo han comenzado a invertir en arquitecturas más integradas, intercambio de datos, comunicación en tiempo real y sistemas capaces de respaldar la toma de decisiones en situaciones críticas. La computación en la nube, las API, el análisis de grandes volúmenes de datos y, más recientemente, la inteligencia artificial han ampliado aún más esta capacidad.

La información que antes debía recopilarse y compartirse manualmente ahora puede fluir a través de sistemas digitales centralizados, mientras que las cámaras con soporte de IA y los lectores de matrículas ayudan a identificar sospechosos, reunir pruebas y resolver delitos.
Un estudio reciente de Deloitte estima que las tecnologías inteligentes, incluida la IA, podrían reducir entre un 20% y un 35% el tiempo de respuesta de los servicios de emergencia en las ciudades. Es un ejemplo de cómo la tecnología ha pasado a actuar no solo después de una crisis, sino también en la preparación para afrontarla.

La seguridad también pasó a significar adaptación
La transformación no ocurrió sólo en los sistemas de inteligencia. La propia infraestructura de seguridad evolucionó. Los aeropuertos comenzaron a contar con nuevas capas de control. Las comunicaciones de emergencia mejoraron. Los sistemas de localización y monitoreo ganaron precisión. Las tecnologías de análisis comenzaron a procesar, en segundos, volúmenes de información que serían inviables de analizar manualmente para equipos humanos.
Esto no significa que la tecnología haya eliminado el riesgo. Cuanto más conectados estamos, más complejos se vuelven también los desafíos de seguridad. Una infraestructura digital capaz de integrar miles de sistemas también puede ampliar la superficie de ataque. Por ello, la resiliencia hoy en día también implica la capacidad de colaborar. Y es precisamente en este punto donde entra un elemento tal vez no tan obvio, pero de gran impacto: el código abierto.

Tecnología construida para colaborar
El open source ayudó a cambiar la lógica de construcción de la tecnología. En lugar de depender exclusivamente de plataformas cerradas y de un único proveedor, las organizaciones pasaron a poder combinar herramientas, adaptar soluciones a sus necesidades y colaborar en el desarrollo de nuevas capacidades.
Esta posibilidad es particularmente relevante para el sector público. La seguridad nacional, la salud, la defensa civil, la movilidad y los servicios de emergencia tienen algo en común: ninguno de estos desafíos respeta fronteras entre sistemas. Cuando ocurre una emergencia, no importa qué proveedor desarrolló determinado software. Lo que importa es que la información necesaria esté disponible para quien la necesita, en el momento en que la necesita.

El papel de la tecnología abierta es tan relevante que, según informes como el OSSRA, de Black Duck, el código abierto ya está presente en la gran mayoría de las bases de código analizadas (98%), atravesando sectores y aplicaciones. Más que una elección tecnológica, esta evolución representa un cambio de mentalidad. Los sistemas críticos deben ser capaces de evolucionar, integrar diferentes tecnologías y responder a necesidades que no siempre se pueden prever cuando son construidos.
Lecciones del pasado con impacto en el futuro
El avance tecnológico de los últimos 25 años no fue solo una carrera por computadoras más rápidas, redes más eficientes o algoritmos más inteligentes. Fue, sobre todo, una evolución en la manera en que construimos y conectamos sistemas.

No sabemos si las tecnologías de hoy habrían cambiado aquel 11 de septiembre. Sabemos, sin embargo, que los 25 años transcurridos desde aquel día han cambiado profundamente la tecnología y la forma en que pensamos sobre la seguridad. Una de las mayores evoluciones fue comprender que los sistemas mejor preparados para lo inesperado son también sistemas construidos con más apertura, interoperabilidad y capacidad de elección.







