La crisis que enfrenta la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), tras las sospechas de que postulantes utilizaron Inteligencia Artificial (IA) para obtener ventajas en su examen de admisión, trasciende con creces el ámbito educativo.

Esto pone sobre la mesa una pregunta que hoy también se hacen empresas, gobiernos y organizaciones de todo el mundo: ¿Qué ocurre cuando la tecnología avanza más rápido que nuestra capacidad para gobernarla?
Durante décadas hemos confiado en que ciertos procesos —como un examen de admisión, una evaluación de desempeño o una auditoría financiera— eran razonablemente seguros porque existían barreras suficientes para garantizar su integridad. Sin embargo, la IA generativa cambió las reglas del juego. Hoy una persona puede producir textos, resolver problemas complejos o ejecutar tareas con un nivel de sofisticación impensado hace apenas tres años. ¿Qué mecanismos de control utilizamos? ¿Cómo generamos confianza?

El verdadero riesgo no es que existan herramientas capaces de asistir a las personas. El riesgo aparece cuando las organizaciones continúan operando bajo supuestos que ya dejaron de ser válidos.
En el mundo empresarial, esto ya no es algo ajeno. Cada vez más compañías incorporan IA para automatizar procesos, atender clientes, elaborar informes o apoyar la toma de decisiones. Es una evolución positiva y necesaria. La verdadera discusión es cuáles serán los criterios y límites.

En este contexto, muchas organizaciones siguen concentrando sus esfuerzos en adquirir nuevas herramientas tecnológicas, cuando el desafío principal está en la gobernanza. No basta con implementar IA; es indispensable construir procesos capaces de verificar, auditar y validar aquello que la IA produce. Paradójicamente, mientras más inteligente se vuelve la tecnología, más importante se vuelve el criterio humano.
La experiencia de la UNAM también deja una segunda lección. Cuando un sistema pierde credibilidad, quienes terminan pagando el costo son justamente quienes hicieron las cosas correctamente. Miles de estudiantes que prepararon honestamente su examen hoy viven una incertidumbre que no provocaron.

Lo mismo ocurre en las empresas. Un uso irresponsable de la IA por parte de unos pocos puede afectar la reputación completa de una organización, generar conflictos con clientes, exponer información sensible o incluso comprometer el cumplimiento regulatorio.
En Chile, esta discusión adquiere una relevancia especial con la entrada en vigor de la nueva Ley de Protección de Datos Personales, que eleva significativamente las exigencias sobre el tratamiento responsable de la información. Las empresas deberán demostrar no solo que innovan, sino que también son capaces de resguardar los datos y transparentar cómo utilizan las tecnologías que procesan esa información.

La IA seguirá evolucionando. Eso es inevitable. Lo que sí está bajo nuestro control es la velocidad con la que las instituciones construyen marcos de gobernanza capaces de acompañar esa transformación.
Porque, al final del día, la confianza seguirá siendo el principal activo de cualquier organización. Y esa confianza no la genera un algoritmo. La construyen las personas, mediante reglas claras, transparencia y responsabilidad.






