¿Por qué en Chile existe una paradoja de la privacidad? por José Antonio Lagos, socio principal de Cybertrust
Por José Antonio Lagos, socio principal de Cybertrust. | Créditos: Cybertrust

¿Por qué en Chile existe una paradoja de la privacidad? por José Antonio Lagos, socio principal de Cybertrust

Hoy vivimos en Chile —y en el mundo— una verdadera paradoja de la privacidad. A la mayoría de las personas les preocupa la seguridad de sus datos personales.

Sin embargo, en la práctica, muy pocas configuran herramientas básicas de protección, como la privacidad en redes sociales, la autenticación en dos pasos o los permisos de aplicaciones. En simple: decimos que nos importa, pero no actuamos en consecuencia.

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Pero ¿qué es exactamente un dato personal? La nueva Ley de Protección de Datos Personales en Chile establece que es cualquier información que permita identificar a una persona natural, ya sea de forma directa o indirecta. El RUT es el ejemplo más evidente, pero también lo son el correo electrónico, el número de teléfono o incluso los hábitos de consumo. Y aquí está el punto crítico: compartimos estos datos todos los días, al comprar online, registrarnos en plataformas o interactuar con servicios públicos y privados, muchas veces sin dimensionar el riesgo.

Ese riesgo hoy es alto. Las filtraciones de datos son cada vez más frecuentes y sofisticadas, y los cibercriminales ya no buscan solo robar dinero, sino información. No es casualidad que las industrias más atacadas sean la financiera, telecomunicaciones, salud y educación. Son sectores que concentran grandes volúmenes de datos sensibles.

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¿Por qué tanto interés en los datos? Porque estamos en plena era de la inteligencia artificial. Los modelos de IA —especialmente la IA generativa— necesitan grandes volúmenes de datos para entrenarse. Eso ha convertido la información en un activo crítico. Para las organizaciones, es fuente de valor; para los cibercriminales, una oportunidad de negocio.

Frente a este escenario, la pregunta es evidente: ¿cómo nos protegemos? La respuesta no es solo tecnológica, es cultural. El primer paso es un cambio de mindset: entender que los datos personales tienen valor y que no deben compartirse sin criterio. Por ejemplo, ¿realmente necesitamos entregar nuestro RUT para acceder a un descuento? ¿O permitir que una app acceda a todos nuestros contactos?

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Este cambio no ocurre de un día para otro. Requiere educación, capacitación y conciencia. En las organizaciones, esto implica entrenar a colaboradores; en la vida cotidiana, informarse y adoptar buenas prácticas. A mayor conocimiento, mejor criterio. Y ese criterio es la primera línea de defensa.

La nueva ley, además, cambia las reglas del juego: pone a las personas en el centro. Los ciudadanos pasan a tener mayor control sobre sus datos, y las empresas deberán pedir consentimiento explícito para usarlos. Pero este poder solo es real si se ejerce. Saber que puedo pedir la eliminación o corrección de mis datos no sirve si no lo hago.

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Y mientras las empresas avanzan lentamente, los delincuentes avanzan rápido y operan a escalas donde las defensas manuales o puramente reactivas empiezan a quedarse cortas.conectados.

En definitiva, la privacidad ya no es solo un tema tecnológico o legal, es un tema de comportamiento. Porque en un mundo donde los datos son uno de los activos más valiosos, protegerlos no es solo responsabilidad de las empresas. Es, cada vez más, una responsabilidad compartida.

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