América Latina habla cada vez más de transición energética. Se anuncian nuevas inversiones en energías renovables, se impulsan estrategias de descarbonización y los países elevan sus compromisos climáticos.

Sin embargo, existe una pregunta tan simple como incómoda ¿Cómo sabemos si realmente estamos avanzando? La respuesta es que no lo sabemos si no lo medimos.
Durante años hemos entendido la eficiencia energética como una herramienta para consumir menos energía y reducir emisiones, y lo es. De hecho, es considerada una de las medidas más rápidas y costo-efectivas para enfrentar el cambio climático, fortalecer la seguridad energética y aumentar la competitividad de las economías. Pero existe un aspecto que suele quedar fuera del debate, y es que la eficiencia energética no comienza con una nueva tecnología, sino con información confiable.
El estudio Eficiencia energética en la transición sostenible e inclusiva de América Latina y el Caribe: progresos y políticas, publicado por la CEPAL en septiembre de 2025, entrega una señal optimista. Desde la década de 1990, la región ha logrado reducir su intensidad energética y desacoplar parcialmente el crecimiento económico del consumo de energía; en otras palabras, hoy América Latina produce más utilizando relativamente menos energía que hace tres décadas.

Es un avance relevante, pero insuficiente. La propia CEPAL advierte que el ritmo actual no permitirá cumplir las metas del Objetivo de Desarrollo Sostenible 7, que busca garantizar una energía asequible, segura, sostenible y moderna para todos.
¿Por qué ocurre esto? Una de las respuestas está en un problema menos visible que la infraestructura o el financiamiento y es que todavía existen enormes brechas en la disponibilidad, calidad y continuidad de los datos que permiten evaluar el desempeño energético de nuestros países, industrias y ciudades. Esto no se trata únicamente de contar con estadísticas, va orientado a construir sistemas de monitoreo permanentes que permitan conocer, casi en tiempo real, cómo se consume la energía, dónde se producen las mayores pérdidas, qué políticas generan resultados y cuáles simplemente no están funcionando.

Las decisiones públicas y privadas son tan buenas como la información que las respalda. Sin datos confiables es imposible identificar oportunidades de mejora, priorizar inversiones, corregir estrategias o demostrar el impacto real de una medida de eficiencia energética. En consecuencia, también resulta mucho más difícil atraer financiamiento, cumplir compromisos ambientales o generar confianza en los avances reportados.
La buena noticia es que hoy la tecnología permite cerrar esa brecha con sistemas de monitoreo inteligente, la sensorización, las plataformas de análisis de datos y la integración de información ambiental y energética que ofrecen una capacidad de observación que hace apenas algunos años era impensada. Ya no basta con medir una vez al año; es posible monitorear de forma continua, detectar desviaciones oportunamente y transformar millones de datos en decisiones concretas. Esto representa un cambio profundo porque la transición energética deja de ser únicamente un desafío tecnológico para convertirse también en un desafío de gestión basada en evidencia.

La discusión sobre energía ya no puede limitarse a cuántos parques solares o eólicos construimos, más bien, debe incorporar en la ecuación la calidad de la información con la que estamos tomando decisiones. La transición energética se acelera y sostiene cuando somos capaces de convertir los datos en conocimiento y el conocimiento en mejores decisiones.
Al final, el clásico principio de la gestión sigue plenamente vigente, lo que no se mide no se puede mejorar. Y en materia energética, ya sabemos que esto es fundamental.





