La nueva cara de la Inteligencia Artificial, por Jesús Juyumaya, PhD, y Vera Voitova, Phd de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad Andrés Bello
Por Jesús Juyumaya, PhD, y Vera Voitova, Phd de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad Andrés Bello. | Créditos: UNAB

La nueva cara de la Inteligencia Artificial, por Jesús Juyumaya, PhD, y Vera Voitova, Phd de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad Andrés Bello

Las recientes declaraciones de Jensen Huang, CEO de NVIDIA, sobre el impacto de la inteligencia artificial en el empleo reabrieron un debate que las organizaciones todavía enfrentan con escasa profundidad.

La discusión ya no gira únicamente en torno a cuántos empleos desaparecerán. El problema más inmediato parece ser otro: cómo la IA está transformando la experiencia humana del trabajo y expandiendo nuevas formas de control organizacional a escala global.

Durante años, la narrativa tecnológica prometió que la automatización liberaría tiempo, reduciría tareas repetitivas y mejoraría la calidad de vida laboral. Sin embargo, la evidencia que comienza a emerger en múltiples industrias apunta en una dirección distinta. Las ganancias de productividad derivadas de la inteligencia artificial no necesariamente están reduciendo la presión laboral; en numerosos casos, están elevando las expectativas de desempeño, acelerando ritmos operativos y profundizando mecanismos de supervisión permanente.

La dinámica no es nueva. Desde el taylorismo industrial hasta la digitalización corporativa, la historia de la gestión moderna ha estado marcada por ciclos sucesivos de optimización. Pero la inteligencia artificial introduce un cambio cualitativo relevante: por primera vez, los sistemas tecnológicos no solo automatizan tareas físicas, sino también funciones cognitivas.

Hoy, herramientas como ChatGPT redactan informes y análisis en segundos; GitHub Copilot acelera programación de software; mientras plataformas de monitoreo laboral utilizan algoritmos capaces de observar productividad, comportamiento y patrones de atención en tiempo real.

La diferencia es que la IA ya no opera únicamente como herramienta de apoyo. Comienza a funcionar como infraestructura invisible de control laboral.

El fenómeno puede observarse en múltiples países y sectores.

En Estados Unidos, empresas utilizan sistemas de vigilancia algorítmica para monitorear actividad digital, tiempos de respuesta y productividad remota.

En China, varias compañías logísticas y manufactureras integran sistemas de IA capaces de medir eficiencia operativa minuto a minuto, optimizando rutas, pausas y rendimiento individual.

En Europa, aunque las regulaciones laborales son más estrictas, el crecimiento de softwares de people analytics y vigilancia digital también avanza rápidamente. Empresas utilizan IA para evaluar desempeño, predecir rotación e incluso analizar patrones de comunicación interna.

En América Latina, la adopción todavía es más gradual, pero ya visible en sectores financieros, call centers, retail y plataformas digitales. Sistemas automatizados comienzan a medir velocidad de respuesta, cumplimiento de objetivos, interacción con clientes y niveles de actividad en entornos híbridos o remotos.

El resultado es una nueva fase de intensificación laboral sustentada en tres dinámicas simultáneas. 

La primera es la aceleración continua. La IA reduce tiempos de ejecución y convierte la rapidez en expectativa estructural. Los ciclos de respuesta se comprimen, la multitarea aumenta y la disponibilidad permanente comienza a instalarse como norma implícita.

La segunda es la supervisión algorítmica. El control organizacional deja de ser visible y episódico para transformarse en permanente, automatizado e invisible. La evaluación ya no depende exclusivamente de supervisores humanos; ahora también ocurre mediante sistemas capaces de recopilar y analizar datos conductuales constantemente.

La tercera es la sobrecarga cognitiva. Aunque la IA elimina tareas operativas, simultáneamente incrementa nuevas exigencias mentales. Los trabajadores deben validar resultados algorítmicos, corregir errores, interpretar información y adaptarse continuamente a sistemas tecnológicos cambiantes.

Modelos como la Teoría de Demandas y Recursos Laborales muestran que las tecnologías pueden actuar simultáneamente como recursos y como fuentes de presión. La IA ofrece velocidad y automatización, pero también puede amplificar hiperconectividad, vigilancia y exigencias temporales. 

Las empresas pueden emplear inteligencia artificial para ampliar capacidades humanas —liberando tiempo para creatividad, aprendizaje y pensamiento estratégico— o pueden convertirla en un mecanismo permanente de optimización intensiva y control continuo. Ambas trayectorias ya están ocurriendo simultáneamente en distintos países y sectores. 

La historia empresarial demuestra que las tecnologías más disruptivas nunca transforman únicamente la productividad. También redefinen las relaciones de poder dentro de las organizaciones. La inteligencia artificial no será la excepción.

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