La humanidad ha usado la biotecnología desde antes de que existiera como palabra. En simple, consiste en usar organismos vivos, o parte de ellos (células, proteínas o material genético) para crear soluciones. Desde que usamos microorganismos para producir pan, queso o vino, hacemos biotecnología.

Hoy está presente en nuestra vida cotidiana: saneamiento de aguas, detergentes de ropa, diagnósticos de enfermedades, vacunas y fármacos. Pero también nos permite enfrentar desafíos globales como la crisis climática, la contaminación ambiental y el envejecimiento de la población.
La OCDE estimó recientemente su mercado global en torno a US$1,6 billones en 2024 (US$4 billones hacia 2030), con capacidad de transformar transversalmente sectores como salud, alimentos, agricultura, ambiente, minería y medicina.

Para que Chile aproveche esta oportunidad, conviene mirar cuatro condiciones. Primero, formar personas capaces de trabajar en la intersección entre biología, ingeniería, química, datos, regulación y emprendimiento. Afortunadamente, no partimos de cero, ya que varias universidades han formado, y continúan formando, profesionales en esa frontera interdisciplinaria.
Segundo, un ecosistema colaborativo e infraestructura adecuada con redes entre universidades, sector público y privado; además de laboratorios y plantas piloto donde emprender, validar y escalar ideas.

Tercero, aprovechar oportunidades únicas del país. Pocos territorios reúnen desierto, altiplano, cordillera, bosque templado, océano profundo, Patagonia y cercanía antártica. Esa diversidad es una biblioteca viva de moléculas, microorganismos, genes y adaptaciones con posibles respuestas a muchos desafíos.
Cuarto, contar con una legislación adecuada y actualizada. Como toda tecnología poderosa, exige evaluar riesgos y beneficios caso a caso, con bioseguridad, ética y certeza regulatoria.

Chile tiene biodiversidad, talento y problemas urgentes. La tarea es transformar esas ventajas en capacidades propias: formar personas, conectar instituciones, escalar tecnologías y regular con inteligencia. Así, la biotecnología podrá ser una herramienta real de bienestar y desarrollo sostenible para nuestro país.



