Cada vez que una ciudad se queda sin electricidad, el transporte deja de ser solo un problema de movilidad. Cuando la falla es significativa, puede implicar la detención de metros y trenes, afectar semáforos o interrumpir sistemas logísticos completos.

A medida que avanzan la electrificación y la digitalización, el funcionamiento urbano depende cada vez más de redes conectadas entre sí. En ese contexto, y frente al aumento de eventos climáticos extremos, surge la pregunta sobre qué tan resiliente es la infraestructura que estamos construyendo.
Esta discusión adquiere especial relevancia con la reciente definición de un esquema de conducción integrada entre Obras Públicas y Transporte y Telecomunicaciones bajo la bicartera del ministro De Grange. Más allá del cambio institucional, esta nueva estructura permite instalar una discusión largamente pendiente, que es pasar desde una planificación sectorial hacia una visión sistémica intersectorial.

El momento para este cambio no podría ser más oportuno. La transición sostenible avanza precisamente hacia sistemas cada vez más interconectados. Santiago cuenta hoy con una de las mayores flotas de buses eléctricos de América Latina y continúa expandiendo su red de Metro, mientras el país impulsa procesos de electrificación y digitalización. Sin embargo, el mismo proceso que reduce emisiones también aumenta la dependencia entre transporte, energía e infraestructura. La resiliencia deja entonces de ser una discusión sobre obras aisladas y pasa a ser una discusión sobre sistemas.
Este desafío se vuelve aún más relevante en un escenario de cambio climático, donde eventos extremos, incendios, inundaciones o interrupciones energéticas pueden afectar simultáneamente infraestructura, movilidad y cadenas logísticas. La resiliencia deja entonces de medirse únicamente por la capacidad de una obra de resistir un impacto físico, sino por la capacidad del sistema completo para seguir funcionando.

La alineación entre Obras Públicas y Transporte abre una oportunidad poco frecuente para avanzar hacia una planificación más integrada y resiliente. En un contexto de cambio climático, electrificación y creciente interdependencia entre sistemas, este puede ser el momento para dejar atrás la lógica sectorial y comenzar a diseñar ciudades donde transporte, infraestructura y territorio se piensen como parte de una misma estrategia.


